28 de noviembre de 2021

Todos hacemos lo mismo.
Es la sensación que tengo muy frecuentemente. Leo hoy en la prensa fragmentos del diario de Escohotado, leí los de Uriarte, los de Maíquez, incluso los de amigos como Rosa y Pedro, y más atrás en el tiempo pero no muy diferentes, los de Daudet, en sus Recuerdos de un hombre de letras: he leído muchos, muchos diarios. Y literatura aforística, que es una especie de diario quintaesenciado y esquelético, duro. Todos hacemos lo mismo —o lo intentamos— independientemente de la calidad; hablo de la pulsión; miles de personas en sus casa relatando sus vidas y sus comentarios a diestro y siniestro, como si le importaran a alguien, como si fueran a ser leídos. Cierto que algunos lo han sido, pero voy al meollo de que eso no se sabe cuando se escriben (muy pocos se redactan en la seguridad de su publicación), y en la inmensa mayoría de los casos no serán leídos por nadie, absolutamente nadie. Y ahí estamos, tecleando o arañando el papel, cada uno en su casa, y dan ganas de morirse.
A este paso va a ser verdad lo de María Zambrano: «Escribir es defender la soledad en la que vivo».

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«No, estoy muy cansado, me iré ya al hotel» dice el protagonista de El filo de la navaja, Tyrone Power, y siempre que oigo algo así en una película (sobre todo en el cine) me entra un cansancio enorme y unánime con el sugerido cansancio del actor, me sugestiona, supongo que por influencia de cientos de viajes en que los hoteles eran el descanso final de días agotadores, porque los viajes se camina muchísimo, y parece mentira cuando al final de la tarde se rememora todo el recorrido que se ha hecho. O bien se llega a ese hotel con el cuerpo rendido de una mala postura en tren o avión y lo único que se desea en momentos así es esa cama tersa y blanca (afortunadamente todas son blanquísimas, pasado aquel trastorno transitorio de las sábanas de color) y esa habitación por lo general silenciosa, casi hermética de puro bien aislada. A mí al menos me entra una melancolía de mil viajes realizados hace tiempo. Hotel, dulce hotel, a veces más deseado que la propia casa.
Con cierta frecuencia pienso en algunos excéntricos (y ricos) que se fueron los últimos años de su vida a vivir a un hotel y creo que no tomaron una mala decisión.

24 de noviembre de 2021

Hoy ha nevado. Todo el mundo (en la ciudad, y será lo mismo en otras) se envía fotos de la nevada por el móvil. Imágenes de su calle, de los alrededores del trabajo, del trayecto. Yo también mando una, de la palmera del patio del trabajo, con sus ramas cubiertas de blanco. Es contradictorio ver una palmera con nieve. Ya he recogido varias veces la frase de Gautier, la que gustó a García Baena con para ponerla de frontispicio en una de sus obras: «a la sombra de una palmera no se puede ser desgraciado». Sí, pero tiene que proyectar sombra, para eso. Y hacer calor, bastante calor; la pobre palmera ha de estar en su ambiente, no con ese aire de camello en el zoo de Londres, o de oso polar en Almería.

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Al taller de escritura viene una antigua compañera del instituto, A.M. Aquel año, el primero del antiguo bachiller superior, (solo un curso) fue quizá uno de los más felices de mi vida. Tuvo tal densidad que encontrarla fue como si hubiéramos dejado de hablar hacía un rato. Me di cuenta de que la quería fraternalmente, desde un fondo muy oscuro y ya apelmazado del pasado. Hubiera querido ponerme a hablar con ella de todos nuestros recuerdos, no de las materias del taller. Pero desenvolverlos también sería disolverlos en aire, ajarlos.
Además, me da apuro corregir sus trabajos del taller; se me hace raro, como si abusara de algo.
Cuando termina la reunión y se va por los pasillos me entra una pena que no puedo con ella.
Hemos hablado de una compañera común de entonces, B.G., y al recordarme ella su segundo apellido he podido enterarme en internet de que B.G., ya B.G.I., se había dedicado un tiempo a la pesca de perlas en el fondo del mar, y luego a la fotografía submarina, consiguiendo unos resultados espectaculares, como si compusiera cuadros abstractos llenos de un color y una energía inauditos. Cuánta densidad de vida, cuánta luz. Tanto exotismo posterior hay que superponerlo a unos recuerdos de instituto severo, a un invierno que se prolonga en la memoria, a una época que no hacía presagiar libertades y atrevimientos que luego esta B.G. (a la vista está o lo parece), sí tuvo. Atardeceres oscurecidos en el patio, profesorado agrio, juergas compensatorias; y al lado, ahora, imágenes de corales majestuosos, de peces imposibles, de azules más intensos que el cielo, de arenas en un fondo poco profundo e intensamente soleado. Con qué silencio está soleada esa arena en el fondo de un mar a un par de metros de la superficie. Ahí está oculto, esperándome, el relato de algo, que no sé qué es. Hay un contraste apabullante. Novelesco, sí, quizá ahí esté el problema o el fallo. Para manejarlo como nitroglicerina en las manos: la compañera de instituto, locuaz, atrevida, con ojos de Melina Mercuri, gran jugadora de balonmano, socarrona, de barrio adocenado, que luego fue pescadora de perlas y exploradora de océanos.

17 de noviembre de 2021

Hasta casi el último día de la vida del pobre artista, sus familiares viven temiendo que aparezca algún francés a reivindicar, y para todo el mundo, lo genial que es esa criatura que los ha avergonzado tanto.
Al menos ese era un divertido tópico de mediados del siglo XX. No sé si ahora seguirán teniendo tanto poder los franceses, tanto prestigio para encumbrar. Me temo que no.

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Me acuerdo con frecuencia de lo que respondió Billy Wilder cuando le preguntaron cómo pudo prever lo que pasaría con Alemania y toda Europa; cómo pudo ser tan pesimista o negativo en fechas tan tempranas y se marchase a América cuando aún no parecía que el nazismo fuera a ser peligroso:
« —Los pesimistas acabamos en Hollywood; los optimistas, en Auschwitz».
(Más o menos)
Me sale al paso unas cuantas veces al día cuando veo lo que opina la gente de mi maltratado país, y cómo los desastres no solo no se ven venir sino que se aplauden y aceleran.

El taller de escritura me convence cada vez más de que es dificilísimo enseñar a leer, y que de ahí viene todo el problema. Me refiero, claro está, a algo más que a interpretar los signos y ser capaz de convertirlos en voz.

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El Paraíso de la Divina comedia también era dantesco.

¿Qué idea tendrá la gente de ofrecer ayuda o como mínimo una información útil? Pregunto en guasap a varios grupos si saben de alguien de confianza en el cuidado de ancianos, para una amiga que tiene a sus padres mal; aparte de que suele haber alguien que se molesta en poner un mensaje diciendo “no sé de nadie” (¿?) —al que dan ganas de contestar: «vale, no era necesario, el silencio es elocuente»—, me surgen contestaciones como «El de la churrería El castillo, que es amigo de mi familia nos dijo que estaba muy contento de cómo había cuidado a sus padres un señor, por si te interesa». ¿Qué pretenderán que haga con tal información? ¿Qué recorra las churrerías que se llaman así —hay dos, que sepa— y que pregunte como una boba «quien es el señor que ha dicho que a sus padres los cuidó muy bien otro señor que tampoco sé quién es ni cómo se llama»? ¿No será más lógico que la persona que me envía tal información, por decir algo, si no le cuesta mucho se pasara por allí o llamara por teléfono —de lo que no tiene obligación alguna— y le pregunte a su conocido los datos del cuidador y luego me los comunique? Por adelantar algo, vamos, y dar a la gente algo que sirva para algo, valga la redundancia.
Por cierto que la ingenuidad de la contestación del «no sé de nadie» me recuerda a esos mensajes que a veces se ponen entre las bibliotecas de la red cuando se ha perdido algún libro y se solicita que se compruebe en las estanterías de todos los centros, por si estuviera en alguna por error; siempre hay alguien que dice «aquí no». ¿Contestarán también a los anuncios en la prensa o a los pasquines de las farolas que anuncian que se ha perdido algún anciano un poco ido o algún gato parrandero diciendo «en mi casa no está» o «yo no lo he visto»?
También es cierto que hay algo que nos impele a contestar en ese tipo de anuncios; sentimos una especie de impotencia pequeña de no poder hacerlo, pero la contenemos porque no podemos responder en el sentido que necesitan.

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Me pregunto a veces cómo será eso de estar en los faros de la costa —esos faros que están al nivel del mar, entre las rocas, no en lo alto de acantilados— durante una tormenta; desafiantes en su solidez de piedra a todos los embates de un mar embravecido. En Bretaña existen todavía un par de ellos, creo, con un par de siglos en sus cimientos. Hay fotografías en las que la ola gigante llega hasta las ventanillas de cristal de la linterna. Son aterradoras.

Me pregunto al verlas si sería capaz de estar allí durante una tempestad (no me quedaría más remedio si comenzara cuando ya estuviese allí), y si tal experiencia conseguiría borrar de una vez las pesadillas frecuentes que me asaltan en las que una ola enorme se lo lleva todo, deja el entorno sumergido, silente, perdido durante unos angustiosos segundos en que aún está a la vista, bajo la transparencia del agua. Si eso sería el revulsivo real que disolviera miedos fantasmales.
No lo sé. Me imagino en el suelo, de rodillas, los oídos tapados con las manos: en pánico.

6 de noviembre de 2021

Dice García-Maíquez en El pábilo vacilante: «Cuando murió mi madre, sentí que me dejaban mi memoria en las manos, que todo mi pasado dependía ya de mí. (…) Me falta experiencia en el trato con el pasado».
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Desde algún punto de análisis de big data me envían al móvil noticias supuestamente referidas a cosas que yo suelo mirar en internet (a veces resulta que sí y otras no); son noticias en píldoras, generalmente absurdas y con una sintaxis tan atroz que dan ganas de escribir a los “ponentes”, ganas que se diluyen en seguida, malestares de unos pocos segundos pero que van cargando, como la gota malaya, y titulares que son en sí asombros involuntarios, greguerías de la ociosidad, fiestas del ridículo:
¿Por qué la Gioconda del Louvre sonríe y la del Prado no?
¿Sirve para algo aprender sintaxis, morfología o semántica?
Cómo ahuyentar a los gatos rápidamente con una palabra.
¿Por qué tendríamos que dejar de planchar?
Eso, solo hoy. Los ha habido más desconcertantes, pero siempre me digo que voy a apuntarlo y luego se pasa el momento el día la vida y uno no ha hecho lo que apuntó mentalmente, solo mentalmente.

He recordado hoy la casa inmensa (me pareció inmensa) de una amiga de la infancia, hija de un profesor del Lourdes, una chica que creo que ahora es médico en Madrid, y a la que no he vuelto a ver. Esa casa de la calle Colmenares que ahora es un hotel de lujo. Atisbé una vez su pasillo, en la infancia, y no se me ha olvidado lo interminable que me pareció, lo generoso, lo amplio y prometedor de sucesivos grandes espacios a los que no llegué a pasar; y eso que el pasillo de mi antigua casa también era largo. Seguro que si viera hoy aquella casa de M. (imposible, ya no existe) no me parecería tan interminable (o sí, por la pequeñez miserable de las casas modernas). El caso es que creo que esas imágenes que se quedan grabadas en la infancia, esas fascinaciones instantáneas, permanecen en el cerebro y afloran indebidamente en los sueños, en esa hormigonera que da vueltas a nuestras impresiones y las mezcla y destroza, pero al tiempo las hace eternas (lo que dura nuestra vida, vamos) y aún cuarenta años después sigue haciendo con ellas lo que le da la gana. Como hoy, que he soñado que en la casa de mis tíos Teo y Pili nos alojábamos un grupo de jóvenes amigas bullangueras (no sabría decir quiénes), y la casa era, como suele ser en lo onírico, enorme y desparramada, y las chicas lo pasaban muy bien ahí porque hacían reuniones con mi tío y sacaban guitarras y todo era muy naif y grato y tal, pero yo pasaba cierto apuro de haberlas llevado allí, a tantas, aunque al poco rato mi tío, que era tan serio y poco dado a excentricidades —salvo a la de haber sido torero de joven—, era de repente Salvador Dalí, y a mí me daba mucha satisfacción por dentro, un orgullo caliente y vanidoso, que mis amigas se enterasen de que Salvador Dalí era mi tío, menuda bomba, y de inmediato surgía cierta angustia porque en aquella casa, que naturalmente seguía siendo la de mis tíos, no había un solo cuadro que pudiera probarlo, vaya por Dios, y allí estaba mi tío, con la cara de Dalí de viejo, arrugado y de rareza autista, con el aspecto del pintor en sus últimos años y ni una sola obra para probar que era él. Qué mal rato.
Quizá es que éramos un poco fraude, no sé de qué lado de la realidad —allí, aquí—, o yo me siento en un fraude perpetuo en el que no avanzo.

(Dalí con el aspecto de la entrevista de Soler Serrano, que había visto hace poco, estúpido y siempre actoral en cuanto había una cámara; dicen que tan pronto como desaparecían los periodistas hablaba como un señor mayor cualquiera).

Termino de leer por segunda vez El nabab, de Daudet, disfrutando su lenguaje exuberante, excesivo, y el curioso vocabulario de la traducción de Sardá, de 1882 (un ejemplar profusamente decorado, con solera, que pronto tendrá sus buenos 150 años). Me llama ahora la atención el pasaje en que Monpavon, antiguo galán y hombre de mundo, se dirige a unos baños públicos, a consumar su suicidio. El paseo que da por París, los pensamientos que le asaltan, sus sucesivas despedidas de todo lo que va viendo, su irónica entereza, me han recordado esos versos de Borges en los que el protagonista se va a matar, ha tomado ya la decisión, y sabe que la broma que gasta a un amigo ese último día será recordada como una anécdota entre su círculo unos cuantos años después (protagonista en parte él y en cierto modo hecho biográfico; en parte no, con toda la cautela que haya que darle a un caso así y lo poco que en el fondo sabemos y sabremos). Hay paralelismos evidentes: el agua, el lugar apartado, el lavatorio, el dandismo, lo que sabe que perdurará y lleva a cabo como en una rúbrica final. Varía el arma, más creíble la del poema de Borges, ya que la de Monpavon exige un considerable esfuerzo y es menos “limpia” (se raja el cuello con dos navajazos; cuánta sangre fría para empaparse de la propia sangre ardiente). El paseo por París de este hombre es quizá uno de los mejores pasajes de esta novela, que los tiene muy buenos; el hecho de encontrarse, por ejemplo, con la bella señora Jenkins al azar, y lamentar que dejará de ver mujeres tan hermosas y bien vestidas en las animadas calles elegantes, sin saber que ella se dirige también hacia su propia muerte, desesperada; muerte esta última, la de ella, que no llegará a producirse por humanas y compasivas razones. Monpavon se cruza también con un antiguo exsenador y exministro que acaba de salir de presidio, hecho un guiñapo, y eso acrecienta su resolución de matarse, antes de pasar por un destino similar.

El paralelismo es llamativo.

En Borges es un supuesto “otro”:

(…)Ya sabe cuántas noches y cuántas mañanas le faltan.
Su voluntad le ha impuesto una disciplina precisa. Hará determinados actos, cruzará previstas esquinas, tocará un árbol o una reja, para que el porvenir sea tan irrevocable como el pasado.
Obra de esa manera para que el hecho que desea y que teme no sea otra cosa que el término final de una serie.
Camina por la calle 49; piensa que nunca atravesará tal o cual zaguán lateral.
Sin que lo sospecharan, se ha despedido ya de muchos amigos.
Piensa lo que nunca sabrá, si el día siguiente será un día de lluvia.
Se cruza con un conocido y le hace una broma. Sabe que este episodio será, durante algún tiempo, una anécdota.
Ahora es invulnerable como los muertos.
En la hora fijada, subirá por unos escalones de mármol. (Esto perdurará en la memoria de otros.)
Bajará al lavatorio; en el piso ajedrezado el agua borrará muy pronto la sangre. (…)

En Daudet es un personaje más de una novela llena de ellos:
«El señor de Monpavon camina hacia la muerte. Camina a ella por la larga línea de los bulevares del lado de la Magdalena, encendidos por la luz poniente, y cuyo elástico asfalto huella por última vez, como paseante en corte, la nariz al aire, las manos cruzadas por detrás. El tiempo le sobra, nada le apremia, es árbitro de la cita. A cada paso sonríe a algún conocido, hace algún pequeño saludo de protección con la punta de los dedos, o el sombrerazo consabido. Todo le encanta, todo le hechiza; el rumor de los carros de riego, de las persianas levantadas en las puertas de los cafés los cuales se derraman hasta el centro de las aceras. La muerte vecina depura sus sentidos como los de un convaleciente, los hace accesibles a todas las delicadezas, a toda la oculta poesía de una hora de verano llovida en plena vida parisiense, hermosa hora que será su última y que quisiera prolongar hasta la noche. (…) y el viejo refinado, el hombre de buen tono quería ahorrarse aquella vergüenza, sumirse, hundirse en la vaguedad innominada de un suicida, a la manera de los soldados que al día siguiente de las grandes batallas, ni vivos, ni heridos, ni muertos, se clasifican con el título de desaparecidos. Por eso ha cuidado de no llevar encima cosa alguna que pudiese darle a conocer, suministrar datos precisos a las indagaciones de la policía, por eso busca en el inmenso París la zona apartada y perdida donde empezará para él la terrible pero consoladora confusión de la fosa común».

Creo que es de los pocos fragmentos en que Daudet se permite un cierto lirismo, pues en la toda novela demuestra una pluma más bien cínica.

1 de noviembre de 2021

Leo a Daudet (El Nabab, segunda vez) para evadirme, para alucinarme; para sostenerme en esa verborrea magnífica, sumergirme en esa época que no es la mía pero que se le parece en tantas cosas, para disfrutar de las ambientaciones (como muchas veces hago en el cine) y regresar de todo eso en un mareo descolocado y aturdido. Daudet no me da ganas de escribir; en realidad, si tuviera que juzgar por sus efectos, no es exactamente aconsejable para eso: me seca. En cambio, cojo el libro de García-Maíquez y deseo ponerme a escribir a cada línea.

Deseo contestarle, hablar con él, más exactamente; o entrar en ese juego literario de las influencias y las apostillas «Plagiar requiere mucha lectura, mucha memoria; hay que saber dónde están las cosas. Ahora todo el mundo es original porque no sabe nada de nada», dice.