decir

Hace algunos años la madre de unos amigos me pilló en la cocina de su casa en el descanso de un derby futbolístico. La mujer, que era mas amiga mía que mis amigos, intentó decirme que estaba muy mala, que le habían dado unos análisis y que no sabía que hacer; que no sabía nada. Yo le dije que se animara y volvimos al salón. A los pocos meses murió de un cáncer galopante que se la llevó prácticamente puesta. Fue sin duda el momento mas indigno de mi vida, y he tenido los míos. Aquí nadie se va vivo. Tuve la enorme desverguenza de no dejarla decir lo que necesitaba decir, como si tal cosa.
Leo ayer que Maragall ha dicho lo suyo, con sus maneras, en un gesto que le enoblece, que enoblece el senny catalán, que nos deja prendados y que le devuelve toda la autoridad que nunca perdió, salvo para los que opinan todo el día sin respiro alguno, como si fueran supermecados del pensamiento fácil. Maragall ha dicho lo que tenía que decir, ha nombrado la bicha y nos ha hecho un favor todos; a los que no sabían como decirlo y a los que nos preguntamos como lo vamos a decir el día que nos toque.
Tengo para mí que la literatura es eso. La resultante de lo que tenemos que decir como imperativo. Como algo íntimo que pertenece a nuestras profundidades y que reclama su salida a flote, su puesta en común, producto de su vocación expansiva. Hay en el gesto de Maragall toda la dignidad que le faltó al mío. Por eso le estoy doblemente agradecido.
El autor oye algo en él, sin él, y necesita decirlo. Decirlo se convierte en el centro de su vida. Lo que tiene que decir va destilándose y termina por tomar cuerpo. Entonces el editor lo hace cierto. Eso es todo.

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