Hace tres o cuatro días en el entierro de una joven librera, modelo de dedicación y entrega. El marido muy entero va recibiendo junto a los restos a compañeros y familiares de los que toma su abrazo y algunas palabras entrecortadas. Hay mucha, mucha gente en el tanatorio. De pronto uno que esta cerca pilla la conversación entre el deudo y alguién que se parece mas a un amigo que los otros que han ido desfilando.

— Se fue la compañera, Alejandro hijo. Se fue la compañera, majo.

Y al marido, como a los boxeadores en un momento del castigo, se le va la cabeza, le viene una rictus desconocido de dolor, echa un par de pasos para atrás y encaja la evidencia mas dura de las últimas semanas. Se ha ido la compañera. Se ha ido para siempre.
Estos son los tiempos del amor. El amor es uno de los hitos valorados en nuestro entramado social y a el se dedican las mejores reseñas publicitarias, informativas y mediáticas. El amor, llega de improviso, no se busca, se encuentra, es mágico, nos hace flotar en él, no admite dudas, es gratuito, es deseo, nada tiene que ver con la voluntad. Es el milagro.
La compaña, que dicen los gitanos, es otra cosa. Se costruye. Hay que regarla. Se nota cada día. Se agradece. Necesita de una voluntad inequívoca, de tiempo, de intensidad y paciencia. La compaña es un resultado; el extremo mas alejado del milagro.
Nadie en su sano juicio cambiaría una cosa por la otra. El marido sabía que le habían quitado parte de su vida y que le condenaban a ver por las tardes, en medio de la ausencia, las basuras del corazón y sus despropósitos.Lloraba el hombre. No me extraña.

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