visillos

» La abuela María Luisa se sentaba ahí, en el sillón donde estás ahora mismo», dice mi anfitriona en un momento de silencio a media tarde. Hace calor y ni siquiera el té helado y el pan con pasas logran disipar la necesidad de una tormenta que se adivina formándose por la carretera de Valencia.
Se sentaba muy coqueta y corría la cortina para mirar la vida , sus idas y venidas, las pequeñas cosas, el paso de las estaciones. Hubo un momento en que comenzaron las obras de derribo de su antigua casa que había regentado durante más de treinta años. Ya ves, menos de cicuenta metros. Tiraban las paredes y descubrían el despacho del abuelo, el comedor, su dormitorio. Yo creí que no podría aguantar , pero cada mañana corría la cortina y permanecía atenta al espectáculo de la devastación, el oscuro ruido del martilleo del tiempo. Cuando los obreros terminaron su tarea ya no volvió a correr los visillos. Decidió que ya había visto bastante. Cogió las maletas y se fue a morir a Madrid , sin hacer ruido. Como los grandes.
» Bueno mañana nos habremos marchado y lo más probable es que no volvamos a pasar por aquí», dice el protagonista de un novela que me traigo entre manos.

3 comentarios

  1. Podemos pasar sin móviles, sin vacaciones,e incluso con menos dinero. Pero nunca sin grandes, señor editor.
    Le echamos de menos, de verdad.

  2. Cuanto más se aleja uno de lo cotidiano, más se reduce el espacio. Es cierto y paradójico. Parece como si la lontananza favoreciera apreciar de otra manera las cosas que verdaderamente tienen sentido. Y si de vez en cuando nos oprimen el pecho, es solo porque son en el centro de nuestra vida.
    El que el tiempo sea bueno o malo no depende ni siquiera de las estaciones, sino de las circunstancias.
    P.M.C.

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