una huerta

La aceptación configura los cimientos en la construcción personal, de la misma forma que el silencio da forma a la palabra. Al final de una noche en blanco logré decir que el silencio era la pista de aterrizaje de las palabras. El silencio precede a las palabras auténticas, las necesarias. Antes y después de todo está el silencio. El parloteo inútil convoca el miedo más que lo ahuyenta. Con freceuncia el hombre de hoy va en contra de sus propios recursos antropológicos.
El acto de profunda aceptación es el de la soledad absoluta frente a los grandes acontecimientos de la vida: el destino, la enfermedad, la vejez y , como no , la presencia de la muerte. Cuando aceptamos esta posición como la de partida resulta menos costoso reaorganizar los activos. Pedimos entonces a los demás no que nos den sino que nos acompañen. Ya no exigimos sino que agradecemos y celebramos los dones del mundo como regalos cercanos y siempre sorprendentes. La amistad, el paso de las estaciones, un encuentro, un campo de amapolas, nos encuentran disponibles, atentos al murmullo del agua, al delicado quehacer de los vientos, al susurro del otro.
Como una huerta conventual en el corazón de la ciudad, la vida nos trae noticias del otro lado. De la parte a la que pertenecemos.

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