Junio

Junio es el mes de las noches cortas, de los exámenes finales, de los merenderos y de las grandes ilusiones. Sobre todo , junio es el mes del mar. Pasadas las turbulencias del equinocio el tiempo se serena y poco después de san Juan el mar, el mare nostrum, ofrece su mejor cara y los azules siluteados de plata, se muestran en todo su esplendor dándonos a entender que viviremos , como los dioses, eternamente.
Mucha gente tienen sus sitios para contemplar esa plenitud y si tuviera dinero montaría un libro donde diferentes personas contarían su sitio preferido para ver el mar, con detalles del como llegar , donde sentarse, algún restaurante para comer y cualquier otra recomendación práctica a modo de aviso entre navegantes. También una foto hecha por ellos captando la peculiaridad última, el color que hace del lugar un sitio de referencia en su camino. Yo como no tengo dinero porque he elegido tener tiempo, cuento con tres lugares, en vez de uno: un banco en lo alto de la península de la Magdalena ( antes de llegar al palacio, a la derecha nada más pasar el faro pequeño) que parece puesto a propósito para peticiones de matrimonio, la salida de los pescadores de Garrucha al amanecer desde cualquier sitio de Mojacar playa y el cabo de San Sebastián, en el término de Parafruguell, lugar al que solía ir Josep Plá de paseo y a tomarse un aperitivo. Solo he estado una vez pero les aseguro que vuelvo prácticamente todas las mañanas cuando me aprieta el desencanto.
El mar es un misterio. Nos llama en las profundidades con una frecuencia impropia. No hemos tenido mucho que ver ni por familia, ni por nacimiento, ni por circustancia alguna y ahí está inistiendo como el destino. Llegado junio para mí esas llamadas adquieren una fuerza y un rigor que nos permiten ser pasadas por alto. Es mejor programar una salida con alguién de confianza , llamar a un hotelito que le tengamos ganas y a primera hora de la mañana poner rumbo al mar como quién vuelve a casa por Navidad.
Ya saben: debajo de los adoquines está la playa.  

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