Tomates

La escena fundacional de mi relación con el campo me la trae una fotografía con el abuelo Basiliso en la que estoy cogiendo tomates en una huerta familiar cerca de la plaza de toros. Cuatro o cinco años por lo que veo mientras me sube u olor poderoso que engloba su sudor, la tierra húmeda y el frescor de la mata. Procuro verla poco por las cosas de la edad. Me entienden, supongo.
Cada año insisto. Hace unos días plantamos en la terraza tres posibilidades pequeñitas que darán para las ensaladas de septiembre.
Están creciendo. Lo que más me sorprende de su crecimiento es su falta de ruido. Su extraño ritmo que se parece más a la lentitud que a cualquier cosa. Su voluntad de crecer de noche en medio del silencio. Al abrigo de los secretos. Bajo el manto espectacular de las noches de Junio. de día y de noche, con su propia autoridad, sin dependencia alguna de nosotros, ellas crecen y yo me emociono cada vez que lo pienso. Me emociono al pensar desde mi despacho/jaula que los tomates están creciendo.
En un libro religioso que utilizaban de auxilio los abuelos de una nueva amiga me encuentro con el asunto en estado puro:
» Siembra tus dolores y tus fracasos y no los dejes perder. Su hermosura es grande y la virtud de su fecuendidad, poderosa. Siémbralos en la tierra de tu magnánima paciencia. Cuando tu pena se vuelva silenciosa, Dios la aliviará sin hacer ruido».
Leído decido irme de librerías a ver si logró quemar todos los volumenes de autoayuda que me encuentre. Luego me arrepiento y me llego hasta el mercado de frutas. Todo un gozo.

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