Otoño 2020

Por Laura Parellada.

Leo en Tres ejemplos de amor y una teoría, de Ramón J. Sender, esto sobre Balzac:

Se podría suponer que Balzac era un improvisador, una pluma fácil y ligera, pero no hay tal. Algunos de los capítulos los escribió hasta catorce y dieciséis veces. En las imprentas sabían que el primer texto desaparecería en la primera corrección de pruebas, el segundo en la segunda y así sucesivamente, hasta obtener el texto definitivo en las pruebas doce o quince. Es cierto, teniendo en cuenta el volumen total de la obra de Balzac, que había en su capacidad física de trabajo algo prodigioso y sobrenatural”.

Y en otro autor, esto, que podría ayudar a entender ese motor inagotable:

La única manera en que Balzac podía resistir su vida de escritor era haciendo que su criado lo encadenase a la cama por la noche y lo soltara por la mañana. Para mantenerse despierto, bebía de veinte a treinta tazas de café diarias. La bencedrina y otros estimulantes poderosos aún no habían sido descubiertos. Finalmente, murió de envenenamiento por cafeína”.

Este último fragmento es de Groucho Marx, en el libro Groucho y yo, donde aparecen reveladores apuntes de sus amplias y curiosas lecturas. Un aspecto poco difundido de su personalidad

Por cierto, que otras fuentes elevan el número diario de tazas de café bebidas por Balzac a cincuenta, en su época de mayor adicción.

Más de ochenta novelas en veinte años. Esa es su marca, abrumadora.

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Algo que me gusta especialmente en el libro de Bioy que recoge sus conversaciones con Borges es que es una retahíla sorprendente; no cansa, porque alberga contrastes curiosos: pasan de hablar sobre una tienda ante la que se paran en la que se venden trajes para muñecas —y la sorpresa que eso les causa— a referirse en el párrafo siguiente a la poesía de Donne. Todo ello con sencillez.

     Es una amenidad muy de agradecer en un volumen de tantas páginas.

     Muy hondo lo que recogen de Johnson: “Qué conciencia tenía de que todo se olvida y cómo se veía a sí mismo como un loco. Hay que verse a uno mismo como un loco. La vida de cada uno, cada día de nuestra vida, es algo más raro que el Ulysses”.

     Ofrece curiosidades psicológicas casi enfermizas, que percibimos pero no solemos verbalizar, y que son muy ciertas. Por ejemplo, citando a Wilde: «Cuando uno logra comunicar un entusiasmo a alguien, lo que nos entusiasmaba ya no nos entusiasma». Cierto: cuántas veces lo que nos hacía ilusión se diluye al contarlo. Borges añade, de su cosecha, eso tan raro y tan veraz: el placer de una admiración secreta, de un goce estrictamente personal, cuando dice «Me gusta tanto, que ojalá no les guste a estos carajos”, acerca de algo que están leyendo u oyendo junto a unas visitas.

     O cuando se refieren al gusto —que deploran— de Peyrou:

     “Bioy: Hay que ver las mujeres que encuentra lindas… No hablo de las mujeres de su vida, porque esas no quieren decir nada. Borges: No, a esas las elige la vida… A las mujeres de cada uno no las elige cada uno, sino la vida”.

Y en otro momento:

     “Borges: Trabajar en un libro, bueno o malo, es importante para la felicidad. Como dijo Carlyle, toda obra después de terminada es deleznable; por lo menos para el autor no tiene ya importancia”.

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Un anuncio de comida para perros dice «lo que haces por tu perro no lo harías por nadie». En una frase han conseguido que el amor al animal, un sentimiento tan humano y tan noble, resulte miserable.

Era difícil, pero lo han conseguido.

Volverás a región, en la biblioteca, está completamente subrayado. Algún usuario de esos penosamente didácticos, cargantes, que se empeñan en señalar el camino a los demás, dejando las miguitas de su recorrido a lápiz, sus comentarios de orate. Al principio mucha línea destacada; luego, según va cundiendo el desánimo y el cansancio, enormes llaves en el lateral de la página, abarcando varios párrafos. Hacia el final sucumbe. Muchos otros lectores lo habrán hecho antes.

Me había despertado el interés por este libro un texto de Benet publicado en Infidelidad del regreso, una charla dada en un curso o similar, titulada simplemente Escribir. Es muy interesante todo lo que dice, se esté de acuerdo o no. Un buen escrito para un taller de escritura:

«…quizá cuando estemos muy lejos del presente podamos ver que la muerte de Franco produjo un cambio en los corazones de tal magnitud que, a partir de entonces, surgieron muy buenos poemas que antes no se podían hacer. Pero no creo que sea este el caso, porque la creación literaria es mucho más subterránea con respecto al comportamiento físico de la sociedad y, sobre todo, y por darle un nombre impersonal, la creación literaria verdaderamente genial es obra del azar. Lo mismo crece en un régimen zarista que en un régimen republicano; no me atrevería a afirmar que quizá esté mejor predeterminada en un régimen zarista, ya que puede producir un estímulo, y que en un régimen abierto a lo mejor coarta y solo se traduce en mediocridad. De cualquier manera la literatura es subterránea, la creación literaria es azarosa, y tiene mucho de quimérico«.

Alguna vez había dicho Umbral algo muy similar, creo que en Las palabras de la tribu.

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Una anotación de las anécdotas de Chamfort, la respuesta de un hombre de la corte al que le pedía un amigo que le dejase un tiempo la casa a la que este nunca iba: «¿No sabéis que siempre hay que tener un sitio a donde no se vaya y donde se cree que se sería feliz si se fuese allí?»

     Hay que reservarse alguna esperanza.

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Conocía la obra de Edward Gorey por algunos libros infantiles de la biblioteca, por ejemplo el delicioso Emma y Sam. Este cuento me parecía delicioso, una historia de Donald Nelsen sencilla y con cierta malignidad, que el dibujante convirtió en algo surrealista:

 —No te gusta nadie -dijo Sam—. Es fácil de ver.

             —¡Oh, sí! Me gustas tú, Sam, y yo me gusto bastante

La remilgada gata, todo un personaje. El narcisismo bien explicado en apenas veinte páginas: me recordaba niñas a las que conocí en la infancia.

Y con los dibujos de Gorey tan aéreos, extraños, un tanto dislocados e ingenuos, el resultado era encantador.

    Ahora veo que este autor tiene otros libros para adultos de una fuerza poco común, dibujos realmente malvados. En uno se nos narra el instante preciso antes de la muerte de diversos niños; en otro, las vicisitudes de un siniestro sofá; o el libro del inquietante intruso en casa.

He adquirido en Iberlibro un par de ellos, el de Dancing Cats and Neglected Murderesses, que me ha parecido atrayente, y ya he aprovechado para encargar una antología de dibujos de Grandville, otro artista que me fascina, y del que por cierto, veo algunas similitudes con Gorey.

Quizá lo más curioso e inquietante de Gorey sea su propia vida, su misantropía alegre y retirada en aquella amplia casa en la que vivió rodeado de gatos a los que dibujaba continuamente; su asistir a los ballets (hay mucho ballet en sus dibujos) con aquel desmesurado abrigo de oso por el que le acabó reconociendo la gente por la calle. Alguien que vivió como le dio la gana.

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Fui a ver la película El editor de libros y me alegró que tratara algo poco habitual, y a lo que ya me he referido alguna vez: el proceso de escribir.

Siempre se muestra la obra acabada y conseguida, al escritor divirtiéndose y aprovechando su papel de escritor en la sociedad, en su pedestal o bien en sus amargas vicisitudes, pero nunca escribiendo. Escribiendo cientos y cientos de horas, como hacía en este caso Wolfe, y como hicieron Proust y otros.

Aquí se deja ver algo de eso. El escritor como artesano de una buena obra; de una obra que merezca la pena ser leída, no un arrebato circunstancial y caprichoso, un botepronto, una ocurrencia. El escritor cooperando con su editor, que sabe lo que se trae entre manos y es capaz de dar buenos consejos, que sabe dónde hay que podar y añadir (aunque luego asalten humanas y lógicas dudas, un vértigo por mínimo que sea).

Esta película refleja algo de la dificultad, del tedio, de la consunción en la tarea. Ya solo por eso es interesante.

           Además lo es por otras razones, como la excelente labor de actores, especialmente de los normales Perkins —el editor y su mujer—, porque interpretar a un casi loco como presentan aquí a Wolfe siempre es agradecido, hasta fácil, se haga lo que se haga. La tranquilidad cotidiana es lo difícil: esa contención, la asunción de las limitaciones y frustraciones habituales del simple hecho de vivir. En este sentido es estupendo el discurso encendido que el editor le da a Wolfe en un parque, creo, cuando ya está bastante hasta los huevos del carácter egoísta y casi psicopático del escritor. Tiene razón en todo. En alguna crítica un tanto superflua he leído que Perkins y su mujer son grises y convencionales. En absoluto; no lo son. Son lo mejor de la película. Las personas así suelen ser lo mejor de la existencia. Luego hay fogonazos, apariciones estelares (divertidas e insoportables) de seres como Wolfe, para que nos entretengan, pero si por ellos fuera, nos iríamos a la mierda de cabeza.

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