Mariano

Conocía a Mariano la noche en que celebraba su jubilación con unos amigos.
Había caido yo por las primeras horas malas en un local como salido de la más pura ficción bohemia. Un lugar ampio, bien iluminado, con maniquis tamaño natural vestidos de legionarios , fotos del tercio, bombas de mano, casquillos de bala, fusiles y metralla. Regentaba el garito un sargento bajito, puro nervio, icono de virtudes castrenses, varado en mitad de la madrugada. Allí todo se pedía por favor y se guardaba el orden. El orden era la puerta de entrada en aquel desbarajuste de gentes que parecían gozar del milagro del oasis. No cerraba nunca . Era el reino del empalme. Aquella noche, para más inri, en el fondo había gente cenando. Como si tal cosa tenían juntadas unas mesas y se distinguian huevos fritos, chuletones y un par de flanes grandes. Era el convite de Mariano; se jubilaba el hombre.
Por alguna razón de azar terminé sentado a la mesa y todavía probé una merluza de pincho excepcional que había cocinado la mujer del que luego se eregiría como el personaje de la noche: un acordeonista de ensueño que interpretó gustoso todas y cada una de las peticiones de Mariano.
Mantuvimos durante años una amistad discreta y sincera. Comimos y jugamos al mus en un par de ocasiones, le invité a la presentación de un libro mío y tuvimos tertulias regulares sobre el 0caso del mundo. Lo normal en estos casos. Durante el tiempo de nuestra amistad Mariano hizo una licenciatura en Derecho e iba por tercero de geografía cuando decididó dejarlo. No tenía tiempo, me dijo.
Basicamente era un hombre de calle : » tengo un alternar raro por eso ando mucho solo. Chupitos de orujo por la mañana, cubalibres de ginebra por la tarde y mucho tabaco » , creo que fueron sus palabras. El humo lo llevaba de un sitio a otro como en una alfombra enloquecida.
El día en que por fin se implantó la Ley recorrió sus bares de confianza y se despidió de los dueños y parrquianos. » Nos salgo más, así no juego» sentenció, según pude saber por el legionario.
Fue todo. El domingo le encontraron en su casa con la cara típica que se les queda a los del infarto.
El alcohol hace su trabajo, sostengo.

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