mañanas

Me levanto muy pronto en Cuenca para dar un paseo y ver la exposición de los cuadernos de Fernando Zobel que me gustan tanto. Antes me voy por el entorno de la plaza, por los lugares de Fernando; la bajada de las angustias, el recreo peral, las fuentecillas de la calle san Pedro y eso. Es una mañana de mantequilla y huele a café malo, mientras abren las tiendas de recuerdos. Me siento en un pollete, enfrente justo de la que fue su casa, y me quedo quieto mientras el guardia, el barrendero, y los primeros turistas tienen la delicadeza de andar evitando el ruido y la presencia. Hay momentos como este que no te los puede robar nadie.
Luego entro en la catedral con las primeras luces buenas filtradas por las vidrieras de los abstractos ( Bonifacio, Torner, Rueda … ) encargadas por Monseñor Guerra Campos. !Ahí es nada !. Resulta dificil imaginar un lugar donde pueda estarse mejor ( ni en la Caribe, aunque lo digan las agencias ) , mientras llega el run run de una misa de capilla. Esta la vida allí, detenida, quieta, encamada, lista para saltar sobre lo importante. Voy y vengo buscando mi sitio hasta que me siento enfrente de la lápida del viejo obispo Inocencio que era de León , vecino casi de Riaño, a quién mi padre trataba e incluso me llevó con él a alguna visita cargada de encargos familiares y redichos. Me da la luz por la espalda y va iluminando la leyenda de aquel hombre bueno. Al final creo que pone:
«Vivió toda su vida en paz».
Pues para que quiere uno más, pienso. Pienso también en la familia, en los amigos, en el tiempo que se fue y en que queda por venir, en la trama de la vida que uno pintan y otros miran. Sobre todo en lo que bien que se está en las catedrales, en silencio y sin dar la vara a nadie.
Ya en el museo veo un poco los cuadernos y me doy una vuelta por las salas. Me paro ante un mapa de España que han preparado en razón de los lugares por donde pasó Fernando buscando las luz. Mucha Mancha, mucha Andalucía y mucha Extramadura.
Ni una sola referncia a la tierra impar a la que vuelvo por la tarde. Y menos mal, porqué había perdido la llave del coche y ya me veía varado en el paraíso.

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