lluvia

Desde mi despacho/ jaula veo la lluvia de mayo que pone los verdes de los árboles del color que uno quiera imaginarlos. Son verdes brillantes, jóvenes, verdaderos, sabedores de su fugacidad y de su encanto. Todo el mundo debiera haberse sentido alguna vez como los verdes de mayo, llovidos a conciencia por un chaparrón lleno de alegría.
En mayo llueve cuando quiere. Casi mejor, llueve cuando le da la gana. De pronto, como sale una liebre encamada, como se ven en estos días las primeras parejas de perdices tan chulitas, por delante del coche , sin mosquerase lo más mínimo.
Llueve de enamorados, de carreras breves y risueñas para buscar cobijo, para dar con el soportal o con el bar amigo. Llueve llevándose por delante lo que tenemos de viejo. En Cortijo Grande, lloverá mansamente, mojando a conciencia la vida del valle y liberando el azahar de los pequeños huertos de naranjos.
Llovera en la hoz del Huecar, en la Rambla de Cataluña, en la colina de Taizé y en los canales de riego del pinar de Antequera. Tiene que llover, tiene que llover a cantaros que dijo cantor.
La lluvía de mayo, tan a su aire, tenía que se obligatoria y arrastrar con ella lo que no nos deja vivir. Lo que nos tiene atados.
Josep Plá hablaba muy bien de estas cosas. Se quedaba quieto y veía pasar la vida. La lluvia de mayo. La lluvía de abril y el sol de mayo, como quieran.

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