Gamoneda

He venido esta mañana derecho al 20 minutos de Arsenio Escolar con la seguridad de que después iba a leerme el discurso de Gamoneda. Es realmente hermoso, y con esa entrañable verdad que guarda precisa y preciosamente la pobreza. Al leerlo me he acordado de lo bello que me resultó el de María Zambrano que leí hace años y dejándome llevar por el efecto dominó he visto otros y otros, y otras cosas todo bajo la frondosa sombra de Cervantes. Al abrigo de la literatura, como si de una mínima manta se tratase, uno va sorteando las ofensas de la vida, tan crueles como cotidianas.

» Sería la del alba dice Cervantes que era cuando Don Quijote salió al camino. Sería, dice con la incerteza propia del alba, del alba que cuando alguien la mira y la sigue es un alborear. No es un estado de la luz, una hora fijada del día, aún las del crepúsculo, cuando es largo. Pues, por clara que sea, el alba es siempre indecisa. Don Quijote se pone en camino a la hora del alba. No podría ser de otra manera en ese personaje que padece, de manera ejemplar, el sueño de la libertad, ese sueño que, en cierta hora, tan incierta, se desata en el hombre».

Gomenda dice casi lo de Zambrano y tan delicado que lo dice por boca de otro:

«Yo sé / que una vez que se cae en esta pasión / y que se tiene un corazón de peso respetable / no hay nada que hacer, Don Quijote/ nada que hacer. / hay que embestir a los molinos de viento «

Hikmet, Zambrano, Gamoneda…. Cervantes. Parece que hoy ya llueve menos.

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