el zaguero

Hace unos días en la fase final de la copa del mundo de rugby Sudafrica venció a Inglaterra por 36 a 0. Nada de particular porque no fue en el último segundo, ni estaban los príncipes, ni teníamos locutores estrella, ni nada de nada. 36-0 al campeón del mundo. Una de las derrotas mas humillantes de la historia en un deporte donde la humillación y el honor tienen que ver mas que los puntos, la jornada y la próxima jornada. Un deporte donde el honor tiene un sitio.
A lo que vamos. Durante el partido, la afición inglesa no dejo escapar un solo silbido contra los suyos, ni contra el árbitro, ni contra nadie. Sufrió en silencio, apretó los dientes y se liberó en una ovación que parecía sin límites cuando por lesión fue sustitutuido su zaguero Jason Robinson, roto de fibras y con el rostro ensagrentado tras una batalla campal en la que le tocó partirse literalmenete la cara para intentar taponar como último un boquete que desde el principio resultó ser un agujero negro. Su afición lo entendió y se volcó en una ovación de las que ponen la carne de gallina. En esa ovación estaba oculta la victoria. Dentro de un tiempo de ese orgullo, de esa seña de identidad, de esa especial manera de afrontar las dificultades, nacerá otra Inglaterra camepona del mundo. Al tiempo. Cuestión de estilo.
Nosotros ante las dificultades protestamos. Frente a la derrota señalamos un culpable externo y nos echamos a dormir la mona. Protestamos y no proponemos. Vivimos en una cultura de la queja que nos hace olvidar quienes somos y quienes debemos llegar a ser. En vez de repetir nuestros aciertos, de subrrayarlos, voceamos los fracasos de los otros. Pedimos que nos paguen por Gescartera, por el Forum Filatélico, por las hipotecas fallidas y que nos barran los topillos. Veíamos el baloncesto mientras Robinson se partía la cara por lo suyo.
El editor espera una novela sobre todo esto. Un relato de pioneros.

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