corazón

Siete de la tarde en la pequeña ciudad. Novena Sínfonía de Beethoven a cargo de una delicada orquesta inglesa y un coro de leyenda que fue creado precisamente para interpretar este mito de la historia del arte. Llenazo y un silencio reverencial. Se va a oficiar uno de los rituales mágicos de occidente. Padres y hijos. Hijos y madres ancianas. Matrimonios. Amigos.
Uno conoce tan bien la sinfonía, su historia, su intrahistoria que por un momento piensa que podría tocarla. Sentarse entre la orquesta y tocarla con todos. Sin embargo es la sinfonía que viene a tocarle a uno. Le acaricia la piel y luego va directa al corazón de lo que somos.
Más que las odiosas canciones de supermercado, más que la horterada de las letras que van y vienen por adulterios inútiles y por chapuzas de sexo con especias, somos profundamente lo que suena. Somos Europa. La revolución francesa, la industrialización, el estado social y democrático de derecho. Somos una civilización que ha logrado decirse así misma. Y el que dice se dice, ya está dicho.
Pensando en aquel hombre agotado, sordo, vuelto de espaldas, dirigiendo su propia música que no oía y sin embargo entero y digno uno toma conciencia de la lección y del envio: en el corazón de todo anida la alegría.

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