suplementos

Hace ya años que uno compra la prensa unicamente los fines de semana para eludir los aludes de información. Actualidad y conocimiento tienen poco que ver. Actualidad y vida, nada de nada.
El caso es que la tarde del sábado y el domingo, en espera o intermedio de los acontecimientos ligueros, doy en repasar suplementos, dejándome mecer por los efectos dominos, levantándome a por algún libro de los que se citan, comprobando el año en que lo leí, la edición que compré, la impresión, el tacto. Eso que hacen los lectores con sus libros. En esta ocasión hojeando uno de los suplementos literarios me he quedado de piedra comprobando que había subrrayado para comprar todas y cada una de las novedades que se citaban. ! Joder , no cambias ! , me he dicho entre un amago de risa y otro grande sorpresa.
Menos mal que ya apenas compro porque, aunque no se lo crean, tengo menos dinero que entonces, menos sitio y menos de todo. Parecerá mentira, pero uno no tiene edad ni siquiera para la mentira, así que al loro.
Sin embargo el asunto central está en el descubrimiento de la pasión intacta. En algo que ha permanecido inalterable. En la atracción que supone el listado limpio de los restos del naufragio. Frente a los que hablan de destripar libros comi si de juguetes se trataran, de los advenedizos de la poesia, de los que solo leen ensayos, el editor frágil de las provincias se compraría todo el suplemento como el niño compraría todas las golosinas del kiosko.
Sobre todo uno mas que me soplaron el viernes con trailer incluido. «Un hombre afortunado» de John Bergier. Los amigos son todavía mejor que los suplementos.

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