saber

Ya lo he dicho alguna vez: las palabras tienen nostalgia del cuerpo.
Hemos tenido de invitada en casa a Marisé, una lectora del Instituto Cervantes en Toulouse que venía para hacer un curso con otros compañeros de la geografía del castellano. Gente joven, encantadora, con la delicadeza de los viajeros, de la gente que ha salido de su casa. El viernes les llevamos a cenar a las bodegas para que disfrutaran del cerdo y allí Francisco, un sevillano que trabaja en Argel, Lola que lo hace en Estámbul e Ismael que sueña desde Argel, nos contaron sus vidas cosidas por el hilo del lenguaje.

Al día siguiente partieron todos menos Ismael que tenía un problema con los vuelos, así que preparamos algo en casa suavecito con esparragos de Tudela , blancos hervidos y trigueros a la plancha , ensalada y queso con un tinto de Griñón excelente que sobró de la presentación de Jesús Quijano. Mientras veímos el fútbol hablamos otro poco. Fue entonces cuando Ismael, cuatro idiomas, 18 países en su haber con menos de treinta años, siempre preocupado por sus alumnos del otro mundo hizo una de las afirmaciones mas hermosas que he escuchado en mi vida:

» Vengo de una familia humilde. Muy humilde verdad. Para mí lo más importante de haberme dedicado a los idiomas y de enseñar español por los institutos del mundo ha sido, sin duda, hacer de traductor para mis padres cuando les lleve invitados a Paris. Que nos faltara de nada mientras de las palabras dependiera «.

El ya sabe que el saber solo sirve para buscar los senderos de la vida. Para cerrar círculos, para entregarlo a quienes nos entregaron la vida. Para ser mas sabios.

Lo que no sé si sabe es que su propia vida quedó llena de sentido desde aquel viaje. Ni mas ni menos.

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