Plinio

En los años de Madrid conocí a una sobrina de García Pavón que creo se llamaba Elvira. La guardo en mi memoria como alta, un poco desgarbada, encantadora de trato y muy buena gente. Tenía una amiga que se llamaba Sua, uno de esos regalos que a veces nos hace la vida y casi siempre desaprovechamos.
Por lo que recuerdo pocas veces hablamos de su tío, al que yo ya habia leído en serio, y me sentía profundamente cercano a su territorio manchego y a sus personajes de opereta. Ese gusto por los relatos de Plinio se me ha mantenido con los años y es raro que no vuelva sobre ellos cada poco a leer una páginas, a sentir un olor, a saborear un atardecer de la mano de Don lotario y Braulio. Siempre pienso que a mi padre le hubiera gustado mucho hablar de Pavón conmigo. No pudo ser, como no pudo ser ( siempre por torpeza ) que yo hubiera activado la oportunidad de conocerle de la mano de Elvira a quién ahora recuerdo.
Par ir cerrando los huecos de la biblioteca, al menos en lo que hace a autores que me han sido cercanos y gozosos, me fuí el otro día a comprar ordenadas las cosas de Plinio. Tuve la suerte de dar con un volumen de Destino, tapa dura, papel de siempre, caja elegante y tipos sin ofender la edad adulta, ni la existencia del magnífico invento de las gafas. Me lo llevé con una alegría propia de chico con zapatos nuevos y lo he colocado en su estanteria como hubiera hecho el JGMT con el retrato del chico jurando bandera.
Siempre me vuelve esta sensación de que hacer libros no es, desde luego, el peor oficio del mundo.

Comentarios

  1. Hacer libros es bonito y tocarlos al leerlos, más. Espero que ese invento demoníaco de los e-books no termine con la magia de los libros de toda la vida de Dios.

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