lugares

En el clásico de Carlos Castaneda » Las enseñanzas de don Juan «, libro emblemático de un par al menos de generaciones, el maestro yaqui le pide a su discipulo antes de comenzar una velada de conocimento que encuentre su lugar, su sitio, en la casa a la que han acudido. Una vez convencido de que no se trata de una alegoría, ni de nada particular, el antropólogo comienza dar vueltas y vueltas, primero de pie y luego tumabado hasta que pasadas un par de horas toma posesión de un lugar desde donde ver el mundo.
Hay gente que tiene la suerte de encontrar su lugar y disfrutarlo. Aún más, hay gente que tiene más de un lugar y va de uno a otro como quién anda de fiesta. Yo mismo tengo dos y soy consciente del privilegio: Cuenca y Mojácar. Un pequeño valle – Cortijo Grande – en la sierra de la Cabrera y la parte alta de Cuenca, entre el Castillo y la Plaza Mayor, mayormente por la parte de la hoz del Júcar. Desde allí miro el mundo y me estoy quieto.
Por primera vez en muchos años no estoy en ninguno de los dos lugares ahora que viene la primavera. Varado aquí en la ciudad impar huyendo de las procesiones de Martín Garzo como alma que lleva el diablo, me doy cuenta de mi orfandad y de mi destino.
Los lugares son como el arte, que decía Gustavo Torner: si no los ves nadie sabe definirlos. Cuando apararecen todos guardan silencio y hasta podrían nombrarlos.
De cualquier forma no hay que vivir muy lejos de los lugares de uno. Al menos eso.

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