chardin

Fuimos mal enseñados sobre nuestra presencia en el mundo. Nos hablaron sobre nuestro protagonismo, e insistieron en que lo tomáramos en clave dramática, es decir que contáramos desde la posición estrella del relato. Así nos va. Traspasados por la culpa nos pasamos la vida intentando cambiar el guión para hacer cuadrar cada escena con nuestras pretensiones de divas a quiénes el arroz ha abandonado.
Robertson Davies, al autor canadiense, presenta la hipótesis contraria en su triologia de Deptford ( Ed Libros del Asteroide ) que releo con entrega en estos días :
«No se puede desarrollar una trama sin otro hombre. Es necesario que haya un quinto en discordia porqué es quién conoce el nacimiento del héroe. Tal vez no sea una trabajo espectacular pero te aseguro que es un buen trabajo «.
Desde aquí puede verse en toda su grandeza la exposición que sobre el pintor francés Chardin presenta el Museo del Prado como primicia. La exposición que cambió mi vida , dijo Proust en su día. Cuadros de una vida familiar sin consumo, sin móviles, ni radios, ni televisores, ni audiovisual alguno. Instantes de una vida quieta, serena, donde todo es lo que es, sin aspavimientos.
Hay una verdad profunda, poderosa, en la mujer que toma el té en una mesita rojo coral de una belleza indescriptible. A la entrada de una de las salas a la izquierda , el lienzo parece convocarnos como una llamada en la selva.
No se asusten. Es solo arte. Algo tan necesario como el aire que aspiramos 13 veces por minuto. Lo dijo el poeta.

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