callar

He andado un días por la Extremadura profunda ( Zafra, Montanchéz y eso ) con mi amigo el papelero conquense Segundo Santos. Levantarse pronto, convinar el paisaje con los museos, un poco de caurtel para el paisanaje y dejarse mecer por el otoño que es el receurdo mas cercano a pasear con tu madre montado en la sillita de pequeño. En las horas de coche, anécdotas de los lugares que el había conocido años atrás cuando los midió para el catastro. Al ir de un sitio para otro, de un sucedido tremendo a otro peor, me cuenta la filosofia para desentrañarlos:

«callar y mala mala hostia, decian en mi pueblo»

De pronto uno se da cuenta de hasta que punto ha vivido y vive rodeado de tan vil planteamiento. Es mejor callar que hablar de mas. El que habla tiene mucho pico, el que dice, se dice, el silencio es el habitat de los poderosos.

Callar y mala hostia, ya les digo. Desprecio absoluto por la palabra, por el esfuerzo aún desdichado, para encontrarla, para darse por enterado que la palabra es la nostalgia del cuerpo, la tensión que nos diferencia, la batalla del hombre por decir todo por primera vez, como si fuera luz no usada, una latigazo de claridad en medio de la tiniebla.

Siempre he tenido la sospecha que el que no decía era porque no tenía nada que decir. Que el que callaba estaba agazapado para lanzar el golpe cruel, la salvajada, la puñalada en el defecto, que la carencia. Yo les maldigo.

!Callar y mala hostia, que bestialidad, Dios mío !

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