Ahora ya, con septiembre detrás de la esquina, el campo es verde con anuncio de ocres en algunas cepas centenarias. Verde en el valle de Mucientes y Cigales, verde en otoño, milagro en las laderas, a punto de salir espantadas las gentes de las meriendas que han tenido secuestrado el paisaje bajo sus papeles de estraza con manchas de grasa. Da gusto salir a primera hora de la mañana aunque sea a trabajar. La vida también es eso, rebuscar en la basura del mundo para encontrar el orden de las cosas.

El editor anda de médicos porque el maligno ha hecho un amago de volver a anunciarse y por lo caminos del miedo va redecubriendo las señales de Pulgarcito, una luz aquí , un amigo allí, un recuerdo, un proyecto. Se da cuenta de que en general publica muchos ruidos y que todavía no ha logrado darle forma a ese libro que le persigue. Tienen la sensación de la fugacidad de las cosas y de la importancia de trabajar sobre lo efímero. El editor anda despistado asi que toma notas, habla con suspiros y se deja mecer por los días. Sabe que son vísperas de la batalla. Sorprendentemente, se siente en casa.

Cervantes pasó la vida buscando el reconocimiento. Cuando se declaró vencido llegó el éxito. Lo ignoró como debía. El buscaba una luz que brillaba del otro lado. Como editor, un desastre.

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